Hace algunas semanas sentí una fuerte curiosidad por la Lectio Divina o lectura orante de la Palabra, una práctica antiquísima en la Iglesia Católica. El Papa Benedicto XVI nos recomienda esta antigua práctica que literalmente quiere decir «lectura de Dios»: La lectura asidua de la Sagrada Escritura acompañada por la oración permite ese íntimo diálogo en el que, a través de la lectura, se escucha a Dios que habla, y a través de la oración, se le responde con una confiada apertura del corazón. Comencé a investigar sobre esta: sus frutos, su metodología, etc. El problema estuvo cuando comencé a practicarla. La interpretación del texto quedaba ahí en la escena plasmada en el Evangelio, como una historia bonita o trágica, según sea el caso. Seguí investigando y llegué al Dei Verbum (Concilio Vaticano II) y al Verbum Domini exortación escrita por Benedicto XVI, lo que vino a traer nuevas luces para la práctica de la Lectio Divina. Entonces vino a tomar un poco de forma la oración. Sin embargo, seguía faltando algo, pero en lugar de detenerme por desmotivación, lo puse en oración. También leí que es importante leer los comentarios sobre la Lectio emitidos por el magisterio de la Iglesia, puesto que no es bueno dar interpretaciones individuales fuera de la enseñanza que viene dada por la Tradición desde los Apóstoles. Seguía tomando forma. En otra ocasión, en una catequesis a la que asistí en el Camino Neocatecumenal, un sacerdote me dijo que si no lograba entender que la Sagrada Escritura daba un mensaje que tenía que ver directamente conmigo, nunca iba a entender ni una sola letra. Luego, un día me encontré con un amigo que hacía mucho no veía. En medio de la conversación recordé que me invitó hasta el cansancio a que fuese con él a practicar apnea y buceo. Le encantaban estos deportes sub-acuáticos. Esta idea se me quedó en la mente y ahí se dio la chispa. Es como el apnea. ¿Cómo puedo llegar al fondo sino es desde la superficie? y, si solo permanezco en la superficie, ¿Cómo puedo pretender ser testigo de la majestuosidad completa de las formaciones litorales? Partiendo de cuestionamientos superficiales sobre lo que propone el pasaje bíblico y luego haciendo preguntas más específicas, más personales, más profundas, estableciendo relación entre lo que se lee y las situaciones que se viven a diario, la palabra va tocando cada fibra de la propia vida. Preguntas concretas sobre situaciones concretas. Sin generalizar. En mi caso, en ocasiones hablaba de tribulaciones... Sí, pero ¿Cuales? ¿Estudios? ¿Cual materia?... ¿Trabajo? ¿En qué sentido?... ¿Un trámite pendiente? ¿Cual? Ahí, junto con todas las experiencias anteriores, todo comenzó a tener mucha más forma, y hoy por hoy, considero que la lectura orante de la Palabra es una de las formas más hermosas de oración. Es Cristo que me habla desde el Evangelio. Te habla a ti también. Conoce nuestras necesidades individuales, preocupaciones, miedos, alegrías y proyectos. Y nos consuela, nos alienta y nos orienta para que vivamos plenamente, depositando en Él nuestra entera confianza, puesto que siempre estará a nuestro lado. Y esto no es una idea. Es real porque Él lo dice. Ahora hermano, hermana, yo te invito a que experimentes esta forma de oración donde el Señor Jesús derrama toda su Misericordia, para ti y para mí.
